Una película, un homenaje y un tango, por Ivan Dessau.


Ivan es un busca fantasmas. Le gusta encontrarlos y correrlos de sus cómodos sillones de fantasma para que se molesten en salir. Hoy monsieur Dessau desembruja a este blog de un género que todos amamos u odiamos. Que sufrimos porque nos hace sufrir y porque sufre también y porque todavía no sabemos si lo inventamos o nos inventó a nosotros. Y eso a su nota de hoy le sienta casi obligadamente.

Una película, un homenaje y un tango.

No voy a ponerme en crítico de cine, tranquilo. Simplemente vi una película que merece ser recomendada con entusiasmo. Se llama El regreso, es rusa, y cuenta la historia de un padre ausente que vuelve repentinamente a la casa familiar para llevar a sus hijos preadolescentes a un día de pesca. Entrar en detalles sería tan desubicado como contar el final, sólo voy a agregar que la historia y las actuaciones son increíbles, y que cierto clima de misterio y ambigüedad asoma durante toda la película, algo que cualquier obra de arte que se precie de tal debería tener. A su vez, sé que también me impactó por otra razón. Me llevó a pensar en mi propio padre. Hay algo en la figura de mi viejo que me conmueve.

Le debe pasar a muchos. Al principio era un héroe, perfecto e intocable. Cuando se enojaba era temible, la ira de Dios. Pero sobre todo era eso que queríamos ser. Tener barba. Manejar. Hablarle a la gente con seguridad. Ser fuerte, gozar de ese poder casi tiránico que tiene todo jefe de familia. Pero después…
Después crecemos y lo odiamos. Queremos ser lo opuesto. Nos parece un idiota. Un tipo que no entiende nada de la vida, una momia cubierta de polvo que todo lo mira con ojos del pasado. Incluso representando un peligro, una barrera que coarta nuestros planes y aventuras, un policía que vive sospechando y queriendo revisar lo que llevamos en el bolso. Pero nos cuesta plantarnos porque no tenemos recursos. Sólo nos queda el arte de la indiferencia, que en eso sí los adolescentes son expertos.
Por suerte los años pasan y llega el equilibrio, quizá la parte más linda de la relación. De alguna forma, nos amigamos. Porque sabemos que de él heredamos muchas cosas, miserias pero también fortunas. Porque es el vínculo con nuestro propio pasado, al que a veces es necesario volver. Pero sobre todo, porque al dejar en el placard la capa del héroe y el antifaz del enemigo, lo vemos como lo que realmente es: una persona.

Comentarios