La narcomodelo, o lo adictivo de la belleza femenina. Por Ivan Dessau.

La noticia en sí no me llamó mucho la atención. Quizás porque como en todo negocio turbio, nunca sabremos la verdad. Lo cierto es que me importa poco y nada si es una inocente ovejita, una mula ingenua o la versión femme fatale de Pablo Escobar. Lo único que me importa, y es en donde quiero hacer foco, es su belleza. Hay tantas cosas horribles que el mundo nos refriega día a día, que detenerme una y otra vez en su foto es un antídoto contra tanta malaria. Pero no quiero que esta observación quede como un tonto comentario baboso. Pensando en esto recordé un enorme texto del aún más enorme Abelardo Castillo, incluido en su novela “Crónica de un iniciado”. Y me tomé el trabajo de transcribirlo para que lo disfruten tanto como yo.

El hecho de que jamás haya podido pasármela sin mujeres, la conjetura razonable de que tal vez no lo consiga nunca, no significa que, en el fondo, no les tema. Me dan miedo, sí. Hay algo siniestro en las mujeres, como en ciertas flores, esas flores extravagantes, no se sabe si bellísimas u horrendas, que crecen sombríamente junto a las ciénagas en el corazón de la selva, o esas hembras vampiro, como la del escorpión, que decapita al macho en el instante mismo de la cópula y sigue gozando con las convulsiones del cadáver descabezado, al que luego, cuando por fin queda inerte, sencillamente se lo come. O para no llegar a esos suburbios del espanto, hembras más pastoriles, la dulce y rubia abeja, que se desposa en pleno vuelo con el macho más dorado y poderoso de cuantos bajo el sol la persiguen, sólo con ese porque la ha alcanzado humillando a los otros; sólo con ese, al que luego, junto con el órgano sexual, le arranca las entrañas. Hay algo inhumano en las mujeres. Eso quiero decir. No sé de que se trata, pero es algo que no tiene nada que ver con nuestra especie. En realidad, pertenecen a otra especie. No me extraña que alguna vez se haya discutido si tienen alma inmortal o no. Es difícil aceptar, conociendo a estos seres extraordinarios y misteriosos, crueles, versátiles, ambiguos, casi absolutamente incapaces de pensamiento lógico o poseedores de una clarividencia paralógica más bien perteneciente al sueño, a la adivinación, que tengan un alma en el sentido masculino de la palabra. Salvo que la lleven al revés, por fuera. Salvo que el alma de la mujer sea lo que llamamos su belleza. Amo profundamente la belleza. Considerada a la luz de la Estética, la mujer adquiere sentido metafísico: justifica y engrandece la Creación.
La belleza, y ninguna otra cosa, es la dirección del universo y, si me lo permiten, es casi la única virtud que hace necesarias, dignas de ser amadas y de que vayamos al manicomio o a la cárcel por ellas, que vuelve insustituibles y morales a las mujeres. ¿La maternidad?, ¿el instinto maternal? No me impresionan. Maternidad e instinto maternal son nociones vinculadas a la reproducción, no al amor. La primera es una función, el segundo, un hábito, un perfeccionamiento de la mecánica que tiende a proteger la descendencia. Cuando no son necesarios, no aparecen en los seres vivos. Ni siquiera aparece el instinto sexual, dicho sea de paso. La procreación de la vida es perfectamente posible sin ninguna clase de instinto maternal, sin sexualidad y hasta sin fecundación. Los bacterios se escinden, y a otra cosa. A veces es suficiente un fragmento o un brote para que un individuo se reproduzca. Como las estrellas de mar. Como las papas. Basta pensar en los vegetales para darse cuenta de que la mayoría de los seres vivos no necesita de ningún instinto maternal ni sexual para cumplir con los designios de la vida. La vida sencillamente sucede. Si la misión trascendental del hombre fuera perpetuarse, no haría falta que la mujer fuese bella. Bastaría cortarle un dedo y plantarlo. O cortarse uno mismo algo. O masturbarse a la intemperie y esperar que una corriente atmosférica favorable fecundara a una vecina. Como el caso no es este, tengo derecho a pensar que la belleza física de la mujer es en realidad una cualidad del espíritu, un alma exterior, destinada a producir ciertos efectos poéticos en el alma del varón. Todo lo que no sea esto pertenece a la biología, a los propósitos zoológicos de la especie, y es lo que a mí personalmente me da miedo. Ustedes me preguntarán que pienso entonces de la mujer fea. Es una buena pregunta, pero no puedo responderla. No pienso nada. En cuanto a la fealdad del varón, no tiene ninguna importancia. Un hombre feo, un hombre repelente, si tiene un poco de suerte puede llegar a ser Esopo, Sócrates o Stendhal, y cabe suponer sin escándalo que una hermosa mujer, enamorada de su espíritu, lo acepte con moderación en su cama. Casanova, dicen, era verrugoso. Por lo demás, esas fechorías, se perpetran en las sombras, de noche, en los rincones, con los ojos cerrados, durante ese acto ilusorio en que la mujer crea en el varón la hipóstasis de Cyrano con don Juan. (…) La inversa, una arpía tuerta despatarrándose debajo de un adolescente de Donatelo, aunque fuera una arpía genial, injuria a la Poesía y a la Naturaleza. Esto es tan cierto que ni un ibseniano de principios de siglo se atrevería a negarlo. También es cruel, de acuerdo. Pero la verdad no tiene por que ser agradable o piadosa. Nada de esto, lo repito, tiene que ver con la genética. Si la misteriosa razón o el azar misterioso que rigen el encuentro de un hombre con una mujer se explicaran biológicamente, la fecundación se llevaría a cabo con el ejemplar de sexo opuesto más a mano, nadie viajaría ochocientos kilómetros para enamorarse de una mujer tal vez inadecuada, todo se resolvería siguiendo la ley del menor esfuerzo, y no se si las cosas no andarían mucho mejor -dijo una voz.




Dibujo Pedro Lourenço, vía ffffound.com

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