El dedo de Dios, por Ivan Dessau


Es curiosa la forma en que el dedo de Dios nos señala.
Tan caprichosa, tan favorable para unos y desgraciada para otros…

Si ese dedo hubiera señalado a Eneas, él no estaría donde hoy está. Habría hecho cientos de goles hermosos, primero en algún clubcito del nordeste brasileño. Después lo habrían llamado del Flamengo o el Vasco da Gama a cambio de unos pocos reales, que para él serían una fortuna. Habría sido goleador en la liga brasileña, y al poco tiempo, trasladado a Europa. Habría sacado a sus padres y hermanos de la miseria a la que parecían condenados.

Habría sido Balón de Oro, Botín de Acero, Canillera de Ébano y todos esos premios que entregan las mafias para sus lavados. Habría sido Embajador de Unicef o alguna patraña similar. Habría cogido las mejores carnes europeas, comido exquisitas ostras en perdidas playas mediterráneas y manejado el descapotable último modelo estacionado en la puerta de su enorme casa de Barcelona. Después se habría aburrido de todo eso, prefiriendo voltearse un trava, drogarse con la más pura y patear para cualquier lado menos para el arco rival. Finalmente, profeta en su tierra, habría recalado en algún equipo medio pelo de Brasil, con los ahorros invertidos en un puesto de frango grelhado para su cada vez más cercano retiro.

Pero no.
El dedo de Dios prefirió rascarse el culo en vez de señalarlo. Quizás le hizo un favor.

En cosas como estas pienso mientras miro a Eneas, un moreno de unos 30 años, haciendo jueguito sin que se le caiga jamás en el vestuario del Maracaná. Eneas es la gran atracción en paseos turísticos como este, muy comunes para el redituable verano carioca.

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