Presagios, por Ivan Dessau


Los presagios son así, ocurren y uno no los entiende hasta unos cuantos años después. Más cuando sólo tenés nueve años.

Mi vieja era, es, diseñadora gráfica. Allá por los 80´ había pegado varios laburos de diseño de afiches para artistas que venían de gira. Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, Paloma San Basilio, Luis Eduardo Aute, ese estilo. Me daba bastante orgullo saber que los hacía ella, pero nunca me emocioné tanto como al enterarme de que mi ídolo, el Chavo del 8, el gran Chespirito, iba a actuar en el Luna Park y su afiche promocional lo haría nada menos que mi santa madre. Mayor fue mi sorpresa cuando ella nos pidió a mi hermana y a mí que hiciéramos un dibujito para incluirlo en el diseño. Mi hermana hizo un “monigote” (recuerdo que usó esta palabra para definirlo) y yo un autito.
Poco después el cartel estaba en la calle. De más está decir que el afiche en sí ya me importaba tres carajos, lo único que me mantenía completamente embelesado era ver mi autito colorido, esplendoroso, rutilante, luciendo a la vista de todos. Hasta ese momento de mi corta vida jamás había vivido sensación semejante, mezcla de regocijo artístico, perverso exhibicionismo y profundo orgullo narcisista, similar a lo que habrá sentido Miguel Ángel al ver su techo terminado en la Capilla Sixtina.

Pero Dios...por qué las sensaciones gratificantes duran tan poco? Por qué el Universo, ese traidor envidioso, siempre conspira para meternos su invisible dedo en el ojete? A los pocos días de publicada mi obra, mi vieja me comentó que Bubaloo iba a sponsorear el show, así que mi dibujito ya no iba a estar más. No entendí bien qué tenía que ver una cosa con la otra, mucho menos qué quería decir sponsorear, pero todo se aclaró el día en que vi en la calle al logo de Bubaloo reemplazando impunemente a mi autito en el extremo inferior del cartel. En el otro extremo del afiche, el monigote de mi hermana lucía impecable, victorioso, sonriéndome arrogantemente. Fue, sin dudas, un día perfecto.


¿Llegó el momento de la moraleja? Se la dejo a ustedes. Sólo puedo decir que en mi caso, la anécdota se convirtió en presagio. Y que desde ese día nada me da más asco que los chicles.

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