Los Quietos, por Ivan Dessau


Escribo esto como una forma de alivianar mi bronca e impotencia. Hacía rato que no me sentía tan estafado, quizá porque esta vez, los que me estafaron no fueron pungas profesionales sino músicos que admiro. O admiraba.

Vayamos por el principio. Anteayer leo en el suplemento: “Martes 22 hs, Los Quietos en Boris Club (Willy Crook, Daniel Melingo, Fernando Samalea, Patan Vidal, Maria Eva y Luis Ortega)”. Me invadió una gran alegría y curiosidad. Se trataba de un seleccionado de rock. Pequeño croquis para despistados:

- Willy Crook: primerizo saxofonista de Los Redondos, funkero y creativo, creador de grandes bandas como Lions in Love y Funky Torinos.
- Daniel Melingo: uno de los músicos mas talentosos del país. Saxofonista de Los Abuelos de la Nada, co-creador de Los Twist y Lions in Love, gran compositor de tango.
- Fernando Samalea: baterista de Charly, Cerati y de los mejores solistas argentinos, gran bandoneonista y compositor de música instrumental.
- María Eva (bajo) y Patan Vidal (piano), también son muy virtuosos en lo suyo.

Después estaba el detalle curioso: último en la fila, como quien no quiere la cosa… Luis Ortega. Hijo de Palito, claro. Mi única referencia es que había dirigido un par de películas interesantes, Caja Negra y Monoblock. Debía tocar la viola ahí como un hobby, pensé. Y claro, si mi viejo tuviera esos contactos yo también lo aprovecharía.

Fatal error de interpretación.

Llegué a Boris con mi querida hermana Laura. Lugar chico, agradable, ubicado en el corazón de Palermo. La cosa prometia. Ok, la cerveza no estaba muy fría y el chivito medio crudo, pero se perdona, no vinimos a degustar manjares sino a escuchar música. Sin embargo el ambiente me llamó la atención. Más parecido a una reunión familiar que a un show de rock, abundaba en minitas de facu privada, cincuentones modernos y hasta algunos niños. Estaba también Rosario Ortega, hermana del susodicho, corista de Charly y poseedora de dos bellas y enormes tetas.

La banda empezó a tocar. Y mi entusiasmo empezó a caer. Mayúscula fue mi sorpresa cuando Ortega, ubicado en el centro del escenario, tomó una guitarra y se dispuso a cantar. Madre de Dios. Fue simplemente indescriptible. Pero haré el esfuerzo: imaginen a un chimpancé mogólico gritando porque le roban una banana. Bueno, al lado de Ortega el chimpancé sería Frank Sinatra. ¿Y los demás? ¿Y mi querido Willy, y mi admirado Melingo? Nada. Simples sesionistas acompañando el bochorno, condimentando el caprichoso delirio de un nene de papá al que se le antojó alegremente armar una banda con algunos de los mejores músicos del país y publicando sus nombres en la agenda para cazar a giles como yo. Sí, es cierto, hubo algún tema de Willy, alguno de Melingo, pero sólo pequeñas perlas en un show donde pivotearon las canciones de Luisito, que sonaban como las de su viejo pero pasadas por un ácido de mala calidad. Dejándonos ver su propia inseguridad, el muchacho fumaba y tomaba whisky, como queriendo intoxicar sus arrebatos de lucidez, porque sospecho que a pesar de todo se trata de un tipo inteligente que debía darse cuenta del papelón que estaba protagonizando.

Ahogado en un mar de verguenza ajena, y a manera de escape forzoso, empecé un debate con mi hermana. ¿Cuál es el límite para un músico talentoso? ¿Qué hacer cuando la panza empieza a mandar? ¿Hay que venderle el alma al diablo? ¿No se puede dar clases, tocar en fiestas, ser sesionista en proyectos que al menos no suenen espantosos? Estamos hablando de Crook y Melingo. O quizás, precisamente porque hablamos de ellos, deberíamos incluir la teoría de que tres décadas de tormenta mental no pasan en vano para nadie.

A pesar de todo, yo era más proclive a intentar entenderlos. Hoy por hoy, muerto el disco, el único medio de vida para un músico es el show en vivo. Mi hermana, más purista, decía que no, que si hacés arte no podés llegar a semejante bajeza, que hay que predicar con el ejemplo, que no es todo lo mismo, que si te hiciste un nombre no podés tirarlo por la borda.

Terminado el show, y como una chanza, le sugerí que quizá debía ir a quejarse con los músicos. Dicho y hecho, se levantó y fue a encarar a Samalea. Hay que reconocer que la mujer tiene agallas. A manera de despedida, reproduzco ese pequeño diálogo. Saquen sus propias conclusiones:

Laura: Hola…
Samalea: (sonríe, se toca el pelo, asiente)
Laura: no, je, no me conocés…
Samalea: (sonríe, se toca el pelo, asiente)
Laura: quiero decirte que lo que hicieron me pareció malísimo…
Samalea: (sonríe, se toca el pelo, asiente)

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