Granos y separaciones, por Iván Dessau


Si crees, es porque creas. Si no creas, no te quejes por no creer. 

Apenas vi que me había salido un grano en la nariz, supe que tenía que separarme. Lo supe así, simple, irreversiblemente. Fulminante como un rayo. Imprevisto como un grano. Te parece una estupidez. No me importa, yo sé que fue verdad. Porque lo sentí profundamente, y ninguna estupidez se siente con profundidad. Al amable que sigue leyendo, le digo, para mí los granos son traumáticos como las separaciones. Suelen venir de la mano. Pero no es con cualquier grano. Sólo con este.
Es crónico. Sale en el mismo lugar desde hace 15 años. La misma edad en que sufrí mi primer separación. El grano era, es, rojo, grande, ubicado en el centro de la nariz. Sin pus, una especie de extensión colorada que va expandiendo su territorio con el correr de los días. Y no me vengan con giladas de cosmetología, su aparición no supone razones dermatológicas, ni alimenticias. Tengo muy claro que este grano es una maldición, un tormento ocasionado por el dios diabólico que rige mi destino.
  
(A todo esto, de ADC me piden una reseña sobre el disco de Aristimuño)

¿Creen que exagero? Será porque no lo vieron. O será porque lo siento así. Esto no quita que la idea me averguence. Me averguenza tanto como confesar que me averguenza. Y ante su inminente y payasesca aparición, los estretegias de defensa suelen pasarse de absurdas. Desde mirar de costado a lo Julio Iglesias, hasta taparme la nariz con una curita. Desde untarme con los más diversos productos, hasta inventar excusas para no salir de casa. Ni hablar si el otro, con socarrona mirada, me hace notar su presencia. Mi rostro pasará a tomar un tono tan colorado como el mismo grano. ¿Colmo de narcisimo? ¿Inseguridad extrema? ¿Obsesión compulsiva? ¿Simple mariconería? No importa. Sucede. Como las separaciones. Sus causas, en el fondo, simpre las trae el cosmos. Lo que no puede ser, no puede ser. Un grano no debería ser, pero es.

 (Pasan los días, y de ADC vuelven a pedirme una reseña sobre Aristimuño. Ojalá entendieran el pesadillesco trip que estoy viviendo). 

 ¿Separaciones dije? Otra maldición crónica. Lo peor de una separación, más que comunicársela al otro, es comunicársela a uno. ¿Cuanto tardamos haciéndonos los boludos? Y peor aún: ¿en qué momento dejamos de hacernos los boludos, para directamente serlo? Por suerte, a la mayoría el veredicto nos llega. A cada uno le llegará distinto, a mí me llega en forma de grano. Y no se puede ocultar. Apareció para quedarse. Y va a crecer. Solo queda asumirlo. Con la cabeza gacha, para que nadie nos vea. Porque recién se irá cuando asumamos su existencia, que era su cometido, llamarnos la atención. El tiempo terminará de secar todo. Pero no olvidemos, los granos y las separaciones siempre vuelven.

(Me llega un sms de ADC: “mandanos lo de Aristimuño puto”). 

La historia llega a su fin. El dolor persiste. Pero me miro al espejo y no me averguenzo. Queda una marca que supongo desaparecerá con el tiempo. Estoy viviendo un confuso epílogo. Pero al menos hay epílogo, y si hay epílogo es porque hubo prólogo: el momento en que saliendo del edificio le dije al portero: - Mirá José, me salió un grano.

 (Ah, el disco de Aristimuño. No sé bien qué decir. Sólo que este tema fue la banda de sonido de tan confusos y bizarros días). 

Comentarios

  1. Siempre leo. Nunca comento. Me gusto mucho la crónica del disco. Lo voy a comprar hoy.

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