Un día de furia

Por Mauro Robertazzi

Ayer me di una vuelta por la Costanera Sur, más exactamente por la ex ciudad deportiva del club de la Rivera. Nunca mejor dicho: agua y barro llenaban el espacio, la gente chapoteaba en enormes piletas de sedimentos marrones blandos (suena feo, ¿no), y se veía como el culo… pero no importó. 
Me puse mi calzado más destartalado, apreté bien los cordones y me fui a dejarlo todo en el Glastonbury porteño. Había muchos milímetros de furia contenida, mucha agua bajo el puente, muchas caras que no reconocía, lugares que no se me hacían familiares, oficiales de prefectura apretando a trapitos para que me devolvieran el dinero cobrado/robado (sí, de verdad), caminatas muy largas para caminos equivocados. 


Por eso y por mucho más, era una fiesta que prometía:
las Reinas y los Jefes no me podían defraudar, tampoco la panza del, cada día más gordo, Wallas y sus muñecos tétricos me iban a dejar solo con esta imperiosa necesidad de romperlo todo, de llenarme de barro hasta las rodillas, de poder emborracharme en un festival en Buenos Aires sin tener que entrar una petaca en las bolas. 


Y así fue, rock a la yugular. I predict a riot, dijo el Kaiser de los Chiefs, que venga, que yo me sumo, le gritaba. El tema “The angry mob” me hizo reconocer una gran diferencia con los festivales en Europa: la gente no entiende inglés, porque si lo entendieran y dadas las circunstancias en las que vivimos tendríamos que haber terminado prendiendo fuego el predio, la favela de concreto del costado, los puestos que venden panchos de dudosa procedencia y todo lo que estuviera en nuestro camino sin pestañear. Pero no, no entendemos inglés y tal vez sea mejor. Ya bastante incitación a la violencia era que el cantante destrozara el pie del micrófono y se lo obsequiara a la gente como un general reparte las armas antes de la batalla. Hay que avisarle al pibe que esto es Argentina, que somos gente creativa, que cualquier elemento podemos transformarlo en una pieza de guerra de la más alta factura. 
Por suerte la gente fue a escuchar música y eso hizo, porque aunque hubiera querido hacer otra cosa, poco y nada, todas las supuestas “atracciones” que tenía el predio estaban apagadas o inundadas, al igual que el escenario mayor que la única acción que vio fue un par de sapos que saltaban por ahí tratando de no ahogarse. 


Empezó a oscurecer y cada vez se veía menos, cada vez más ciego caminaba sobre el agua como Jesús por los mares de Galilea buscando los pocos baños químicos que nunca encontré. Eso tampoco importó. Volví al altar para presenciar otra Massacre sonora, miento, la misma de siempre, los mismos estribillos, las mismas guitarras, la misma potencia, los mismo sombreros raros, y más barro, mucho más barro y lluvia. Y está bueno, porque mi mami no lo hará y la tuya tampoco y eso es rock.

De nuevo al Beer Garden a tomar birras de a dos y de un trago. Rápido que no te dejan salir del sector con el vaso en la mano y empiezan los Queens, le gritaba a mi ladero ya en un trance etílico importante. No one knows, me gritaba Josh Homme sin parar, y tenía razón. Me apreté contra las espaldas de otros y salté, grité, y volví a saltar y a gritar, y cada vez estaba más adentro del charco, como antes, como siempre. Me sacudí cual perro al final, me saqué el sombrero y agradecí a la lluvia, al barro, a la furia contenida, a la música, y me fui. ¿Catupecu?, te lo debo.

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