Estándar, por Ivan Dessau


Estamos acostados en la cama, envueltos por las sábanas como arameos. La luz es tenue, afuera la enredadera baila suavemente. En el equipo suena Thelonius Monk. Me decís:

-No, no es chica. Tampoco grande. Es…estándar. 

Estándar.

Me relajo, hago un chiste y cambio de tema.
Pero mi mente viaja a los bosques de Palermo, al año ´93.

Todos tenemos 11 años.
Uno por uno, cumplimos el ritual.
Hay que pelar.
La mía sigue siendo la de un nene.
Pero la de Andreoli es una toronja descomunal.

Es milenario: el pijudo manda, humilla, organiza, define, marca tendencia. No creo que esto haya variado mucho desde las primeras tribus africanas.

Y como es de esperar, el pijudo me humilla.
O mejor dicho, su pija humilla a la mía.
Su sola presencia me la envuelve
y la acogota con desdén,
como una boa venenosa.
Su sola presencia me la achica aún más, 
si es que esto fuera posible.
Su sola presencia me la convierte
en un raquítico signo de pregunta.

Durante unos meses de aquel año, tomé el apodo de Legui.
Legui era una bebida alcohólica, industria nacional.

En su comercial, el protagonista invitaba a una turista a tomar el trago, con el inequívoco gesto en su mano derecha: el dedo gordo y el índice separados por un pequeñísimo, ínfimo espacio.

Creo que el apodo le llegó a Andrea, la chica de la que estaba profundamente enamorado. No lo recuerdo bien, quizá mi subconsciente prefiere guardarse algunas cosas.

Por suerte para mí, al poco tiempo corrió la novedad de que Tejera, un lungo de la otra división, andaba peor, y el apodo cambió rápidamente de dueño. Me sumé a las gastadas, en uno de los gestos más mezquinos y miserables de los que tengo memoria.

Vuelvo al presente, a esta cama desordenada, Monk, la luz tenue, la enredadera.
Me contabas de uno que la tenía rechica.
Yo me reí de él, junto a vos, repitiendo mi actitud miserable, con el agravante de que ya no soy un pobre niño humillado.
Después de eso pregunté con voz finita.

¿y la mía como es?

Entonces dijiste la palabra. Esa que no pensaba escuchar, esa tan híbrida, esa gringa berretamente castellanizada, como un patoruzú con remera de los spurs, esa que huele a banco, a corbata gris, a powerpoint, a café de máquina. Esa que jamás hubiera tomado como una virtud hasta que salió de tu boca en ese momento, en ese lugar, en esa situación. Esa que sonó como el cumplido más floreado que jamás pudiera recibir.

Estándar.

Fue el alivio más mediocre que sentí en toda mi vida.

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