Tía Marta, por Ivan Dessau


Los críticos son los tábanos que revolotean 
sobre el lomo de los caballos que avanzan. 
Tolstoi 

La Tía Marta y el Tío Carlos eran una pareja sensacional. Se complementaban como el más perfecto de los dúos cómicos. El soltaba una frase y ella la remataba con gracia. Se cachaban entre sí, regalándonos una suerte de stand up surrealista y doméstico. La mirada de Tía Marta tenía un brillo de picardía que se convirtió en una de las marcas de mi infancia. Los veía domingo de por medio, y esos domingos eran una verdadera fiesta familiar. Por eso su separación, después de 25 años de casados, fue tan abrupta y sorpresiva para todos. A partir de ese día todo cambió, las visitas de uno u otro se hicieron cada vez más esporádicas, y ambos se convirtieron en una sombra de lo que habían sido.
La Tía Marta y el Tío Carlos me hacen acordar al Indio Solari y Skay Beilinson.

Después de una separación tan pedorra, tan poco elegante para el enorme universo que supieron crear, a Skay se le siente la ausencia del Indio y viceversa. Y a ambos les falta eso que juntos los hacía tan atractivos: el misterio.

Quizá porque ahora se ven los hilos que antes ocultaban tan bien.

Escucho el último disco de Skay y tengo emociones encontradas. Hace un par de años me pasó lo mismo con el disco del Indio

¿Por dónde empezar? Entre estos tipos y yo hay algo personal. Sumamente personal. Será porque a los 13 años aprendí a puntear un poquito sacando los solos de Oktubre, o porque, al igual que tantos jóvenes argentinos, las frases del Indio adornaron las tapas de mis carpetas escolares.

¿Y cuáles son las emociones encontradas que me genera el disco de Skay? Mi parte racional diría que algunas letras son demasiado obvias, que en Ricoterismo Avanzado saca un 10 a fuerza de copiarse a sí mismo, que su voz suena como un matafuegos vencido. Pero en síntesis, que se ven los hilos. No sé por qué, pero se ven. Y nada peor para un mago que se descubran sus trucos.

Pero así, inesperadamente, como un regalo, la cosa cambia. Porque aparece la canción hermosa. La canción que justifica todo, como un bálsamo. La canción que es una respuesta, o mejor dicho, una mojada de oreja, a mis bobos raciocinios. La canción que, en definitiva, me hace seguir queriéndolo como al tío viejo que encanta con la gracia de siempre.

Estos pequeños acontecimientos a veces encajan a la perfección.

Hace poco, después de muchos años, volví a ver a la Tía Marta.
Fue en el cumpleaños de mi viejo.
No hablamos casi nada, pero en un momento, mientras le servía Fanta, volví a ver esa mirada pícara que tanto me había alegrado aquellas fiestas domingueras.

Me di por satisfecho.

A veces, con una mirada o una canción alcanza.

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