Relato de un náufrago, por Ivan Dessau


Ay...los patéticos temores de un burgués en vacaciones.

Mi estado no era el mejor. Cargaba en mi mente la lava ardiente de los pensamientos, esos que se cocinan, se caldean y se vuelven a mezclar, pero nunca se sirven.
Sólo una parte de mi mente se concentraba en el mundo exterior, básicamente en repetir como un loro dos simples palabras ante el acecho constante de los vendedores.

 -No, gracias.
Un estado similar al que se siente cuando uno lava su auto, donde intuye que afuera pasan cosas, pero adentro el encierro es total. En ese estado, mi amiga colombiana, con simpatía, gracia y unas ganas de vivir de esas que yo escaseaba, me dice:

-Vamos a montar en moto acuática!!!

Jamás había montado, pero no pude decirle que no. Partimos, y me tocó manejar. No estaba mal. Era entretenido. La velocidad de la moto era mas rápida que mis pensamientos, lo que me permitió salir de mi mente esos minutos. Las olas jugaban abajo, y el motor las convertía en seda. Sin embargo, fiel a mi carácter obsesivo, preguntaba cada tanto:

-Estamos bien de nafta?

De respuesta sólo escuche un grito agudo, de esos típicos de turistas americanos.

La cosa siguió bien, nos alejamos bastante, vuelteamos un bucanero. Ya era hora del regreso. Las olas estaban violentas y me escupían, y no hacían de la vuelta una sensación tan plácida como en la ida. Sin embargo, no sospeché que se acercaba la pesadilla.

La moto se apagó sorpresivamente. Pero mi principio de pánico fue instantáneamente apagado, al explicarme mi amiga que era la señal de que la hora se había cumplido, y volvió a encenderse. No había nada que temer. O eso creía.

Cinco minutos después la moto volvió a apagarse. Y esta vez no había ningún horario que marcar. 

-Qué pasa?
-Parece que no hay nafta
-Y qué hacemos?
-No sé.

La orilla apenas se divisaba. Recordé "Relato de un naufrago", de García Márquez, basada en el testimonio de un marino que naufragó en el Caribe hasta llegar a las costas de Cartagena, ciudad donde me encontraba.

El aire se puso espeso. Los pulmones se me cerraron. Deseé con toda el alma estar en la arena, negándole repetidamente a los vendedores sus propuestas. Maldije en silencio a mi amiga por no obedecer a mis inquietudes. Quise estar lejos. Y mis pensamientos volcánicos reaparecieron. Recordé también viejos traumas. La primera vez que me trompearon. La vez que me acechó el asma en un campamento de la escuela. La vez que me abandonaron como un perro. Hasta creí avistar tiburones. Estaba alucinando? Pensé en cuando contara la anécdota a mis amigos, risueño. Pero ahora no me reía. Una nube se negra se había posado sobre nosotros. Una maldición. Un estigma. Un...

La moto arrancó.
Quedaba una mínima reserva de gasolina, escondida en algún recoveco.
La misma que tenemos todos.
La misma que nos permite seguir. O volver a empezar.

Esa tarde, una moto acuática me dio una lección.

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